Leer diferentes tipos de libros homosexuales me había alumbrado de alguna manera y me habían ayudado a definir mi orientación sexual, esta es la “Asexualidad”.
Me gustan los chicos, los de Hollywood, los de programas de televisión, películas, unos claros ejemplos son: el bellísimo Bill Harder, el demasiado apuesto para ser real Dacre Montgomery, que por cierto es mi nueva adicción, también estaba en la lista Tom Cruise y no negaría que todos ellos eran atractivos, hermosos, soñables y me sacaban suspiros como a cualquiera; pero no quisiera tener una profunda desvirgación de su parte si eso es lo que piensan.
Odiaba las relaciones sexuales explícitas, especialmente esas que salen, sin nada de sentido, en las películas Latinoaméricanas o en cualquier y estúpido momento incómodo con los padres.
Las odiaba, porque eran heterosexuales en realidad, pero eso tampoco significaba que me sentía cómoda con relaciones lésbicas o transexuales o bisexuales o lo que sea que venga en el acrónimo que he defendido desde mi secundaria: LGBTIQ+
Era difícil explicar que sentía.
Me gusta un chico, me han gustado muchos, pero si alguna vez llegaba a tener una relación, imaginaria, con uno de ellos, ya sea física o sexual, quizás sentiría mucho asco.
Suena extraño, quizás lo es, pero eso era lo que malditamente sentía al imaginar algo más allá de un romántico beso o una tomada de manos.
No me gustaban las relaciones hetero, estaba claro, pero si lo hacían las gays, y hablaba de las gay entre chicos dulces que se aman por quienes son y no por el típico estereotipo de la pareja heterosexual americana perfecta.
Realmente los admiraba, su valentía, su fuerza y su amor puro lleno de obstrucciones que ellos superaban era increíble; pero mis papás no estaban de acuerdo con ello, especialmente si, cuando yo tenía quince años, mi mamá había descubierto porno gay en mi celular.
Fue horrible, ella lloraba como si yo habría cometido el peor error de mi vida y... yo solo ideaba una gran excusa en mi mente para que el problema no se viera tan malo.
Fue difícil ¿Sabes?
Veía el porno porque era pequeña, curiosa y, al parecer, me gustaba eso y no me daba tanto asco como un vídeo triple “x” entre un chico y una chica, lo que, según las palabras de mi madre esa noche, “... es normal y hubiera preferido que tengas videos de eso en tu celular”.
Yor supuesto que me había cuestionado acerca de lo que pasaba con esos gustos nada típicos, creí que me gustaban las chicas en un inicio, especialmente si estaba rodeada de dos de mis buenas amigas que eran lesbianas y andaban en secreto en la escuela.
Pero pronto noté que tenerle miedo a una afirmación de la hipótesis sería totalmente estúpido, tener esa orientación sexual no era malo ni mucho menos algo que discriminar.
Aunque pronto confirmé que no era lo mio, pues en mi mente solo estaba el poder convertirme en un varón, con todas sus plenas características, para poder conseguir un amor verdadero con otro chico igual que yo.
Y como lo imaginan, pronto la idea fue ensombrecida y rota en mil pedazos, pues, a menos que creyera en la reencarnación, jamás me crecería algo demás entre mis piernas, por mucho que lo soñase u odiara ser mujer, además, poco a poco me dí cuenta que ser una fémina y no estar involucrada en un amorio no era tan malo.
La tranquilidad, asexualidad, amor por las parejas gays y el escribir historias de mi mente son lo mío.
Y no debía preocuparme por ello.